21 oct. 2016

Nací mujer

Hay una mujer
que se esconde
en los abismos sin tiempo.
Me criaron así
para sobrevivir.
Hubo en otro tiempo
otra mujer parecida a mí
parecida a mi madre
parecida a mi abuela
que agarró a su hija mujer
y la cruzó en un bote clandestino.
La llevó
del otro lado del río
para que no se notaran
sus lágrimas de mujer rota.
Solo esa hija
pudo comprender
ya vieja
que la salvaba
y la hundía
que todo 
del otro lado del río
será así
siempre.
Porque después 
de ella
vendrá otra madre
que comprenderá
la carga genética.
Armará el clan
y buscará
los símbolos secretos
de la familia.
Ordenará
según las estrictas reglas
el árbol genealógico.
Seremos triángulos y círculos
unidos y separados
por fechas
y acontecimientos
entrelazados con otros clanes.
Por eso 
ella
será la que prepare el té
con cucharas de madera
e inicie el rito
que yo también conozco.
La historia secreta
de las mujeres de la casa.
Herencia Universal
genéticamente comprobada.
Yo también ahora
tomo té
de jengibre
miel
y marcela.
Y también sueño
con la serpiente asesinada
con los secretos
que no son míos
y por los que debo atestiguar.
No puede haber
solo mandatos
y transferencias.
Que la vida sea
solo
las valijas de otros. 
Que solo exista
la posibilidad de un misterio.
Por eso
ya escribí
todas las cartas 
a los antepasados
a los muertos
al clan.
Ya realicé
todos los ritos de pasaje.
Reprogramé
mi adn.
Mi sangre hirvió
sobre la hipnosis
ericksoniana
de los recuerdos.
Hasta llegar a la oscuridad
de la memoria sin tiempo
que se esconde
en la palabra mujer.

31 jul. 2015

Latinoamérica II

y tal vez
ya nunca vuelva
a subir tan alto
a sangrar de esa manera
y nunca vuelva a ver
mujeres con trenzas
y zapatos negros
mujeres que no son mi madre
pero tal vez lo fueron
y tal vez ya nunca
nunca más
-y me lamento
y algunas noches lloro-
todos mis pies
y mi manos
se manchen
de polvo
humedad
y rabia
y ya no me revolcaré
ni me ensuciaré en el pasto
y tendré que conformarme
con los cero metros
sobre el nivel del mar
de un océano
sin alas









19 jun. 2015

Latinoamérica I - El frío





Empiezo a recordar los pueblos y ciudades a través del frío. Estoy escribiendo en el living de mi casa con los guantes puestos y un poncho que compré en Bolivia. Pienso: más frío hacía en Bolivia con la altura. Pero este es otro frío que el poncho no puede combatir. ¿En dónde pasé más frío? ¿En qué ciudad debí dejar mi cuerpo librado a los temblores, a ese movimiento caprichoso del cuerpo que responde a instintos ancestrales? Recuerdo en primer lugar los lugares con agua. Ríos, océanos, lagos. Todos ellos rodeados de un incesante viento, hace que no halla refugio posible. El frío se te va metiendo de a poco. Va venciendo progresivamente una tras otra las capas de diferentes tejidos y materiales. Impermeable, aislante, algodón, lana. Media tras media. Botas, gorro, poncho, frazada. Todo franqueado por el frío y la imposibilidad de calentarse los huesos. Empezar a extrañar a los gatos. Las bolsas de agua caliente. El abrazo de tu madre un lunes a las siete de la mañana de agosto antes de ir a la escuela. Y la procesión de bebidas calientes. También es otra forma de recordar los lugares que visité. Como la tarde del día que caminé por primera vez por la calle principal de Ushuaia. Media cuadra y un chocolate caliente de regalo. Un té de coca bien caliente a las seis de la mañana en Uyuni. O un mate uruguayo en cualquier ciudad siempre que sea bien temprano. Porque el amanecer también es frío. Basta con tener los ojos abiertos y el frío ya entra por las pupilas. Pero hay amanecer realmente hermosos. Y se te puede quedar alguna lágrima congelada. De esas que ni siquiera llegan al pómulo y menos a la manga de cualquier campera o la lana de algunos guantes. Porque, a veces, hay que estar muy abrigado. Pensé que en Bolivia hacía calor. Que en Perú hacía calor. Que si llegaba hasta la línea del Ecuador iba a dejar de sentir frío. Y todo es peor porque uno se confía. Quería usar, al menos un día entero, una musculosa o un short. Quería al menos una noche de verano. Una noche de verano en la casa de mi abuela cuando dejaron que me quedara toda la noche en el cordón de la vereda. Con los amigos. Porque a veces el cuerpo necesita soltarse un poco. No estar siempre contraído por el frío. Dormir encerrada en un sobre o en una cama con kilos de frazadas y todo lo que se pueda arriba. Dormir descalza. Andar descalza para que los pies recuerden. La piel que experimenta texturas. Arena. Barro. Piedras. Hormigón caliente. Liberar la planta del pie del yugo de las suelas. Dejar por un rato de temer al frío del suelo. Porque cuando el frío viene de la tierra no hay aislamiento posible. Estar así durante días. Vas a estar en contacto con la tierra me dijeron varias veces antes del viaje. Pero nadie me advirtió del frío. Y no fui preparada. No llevé ropa de abrigo. Tuve que improvisar. Todos tuvimos que improvisar. Salimos de compras por la Calle de las Brujas. Guantes. Gorros. Ponchos. Calentadores. Palo santo. Incienso. Agua florida. Objetos varios. Semillas. Comida de abrigo. Provisiones varias. Porque la comida y los buenos olores también ayudan a luchar contra el frío. Y hacer que el viento tenga algún sentido. Y la tierra que vuela y te golpea sea un soplo divino.    

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