19 jun. 2015

Latinoamérica I - El frío





Empiezo a recordar los pueblos y ciudades a través del frío. Estoy escribiendo en el living de mi casa con los guantes puestos y un poncho que compré en Bolivia. Pienso: más frío hacía en Bolivia con la altura. Pero este es otro frío que el poncho no puede combatir. ¿En dónde pasé más frío? ¿En qué ciudad debí dejar mi cuerpo librado a los temblores, a ese movimiento caprichoso del cuerpo que responde a instintos ancestrales? Recuerdo en primer lugar los lugares con agua. Ríos, océanos, lagos. Todos ellos rodeados de un incesante viento, hace que no halla refugio posible. El frío se te va metiendo de a poco. Va venciendo progresivamente una tras otra las capas de diferentes tejidos y materiales. Impermeable, aislante, algodón, lana. Media tras media. Botas, gorro, poncho, frazada. Todo franqueado por el frío y la imposibilidad de calentarse los huesos. Empezar a extrañar a los gatos. Las bolsas de agua caliente. El abrazo de tu madre un lunes a las siete de la mañana de agosto antes de ir a la escuela. Y la procesión de bebidas calientes. También es otra forma de recordar los lugares que visité. Como la tarde del día que caminé por primera vez por la calle principal de Ushuaia. Media cuadra y un chocolate caliente de regalo. Un té de coca bien caliente a las seis de la mañana en Uyuni. O un mate uruguayo en cualquier ciudad siempre que sea bien temprano. Porque el amanecer también es frío. Basta con tener los ojos abiertos y el frío ya entra por las pupilas. Pero hay amanecer realmente hermosos. Y se te puede quedar alguna lágrima congelada. De esas que ni siquiera llegan al pómulo y menos a la manga de cualquier campera o la lana de algunos guantes. Porque, a veces, hay que estar muy abrigado. Pensé que en Bolivia hacía calor. Que en Perú hacía calor. Que si llegaba hasta la línea del Ecuador iba a dejar de sentir frío. Y todo es peor porque uno se confía. Quería usar, al menos un día entero, una musculosa o un short. Quería al menos una noche de verano. Una noche de verano en la casa de mi abuela cuando dejaron que me quedara toda la noche en el cordón de la vereda. Con los amigos. Porque a veces el cuerpo necesita soltarse un poco. No estar siempre contraído por el frío. Dormir encerrada en un sobre o en una cama con kilos de frazadas y todo lo que se pueda arriba. Dormir descalza. Andar descalza para que los pies recuerden. La piel que experimenta texturas. Arena. Barro. Piedras. Hormigón caliente. Liberar la planta del pie del yugo de las suelas. Dejar por un rato de temer al frío del suelo. Porque cuando el frío viene de la tierra no hay aislamiento posible. Estar así durante días. Vas a estar en contacto con la tierra me dijeron varias veces antes del viaje. Pero nadie me advirtió del frío. Y no fui preparada. No llevé ropa de abrigo. Tuve que improvisar. Todos tuvimos que improvisar. Salimos de compras por la Calle de las Brujas. Guantes. Gorros. Ponchos. Calentadores. Palo santo. Incienso. Agua florida. Objetos varios. Semillas. Comida de abrigo. Provisiones varias. Porque la comida y los buenos olores también ayudan a luchar contra el frío. Y hacer que el viento tenga algún sentido. Y la tierra que vuela y te golpea sea un soplo divino.    

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