Hace tiempo no me pasaba y estoy feliz de que me pase. Es una sensación tan placentera que supera cualquier droga y lo mejor es que es legal, nadie sabe que te estás drogando mientras lo hacés en cualquier lado y el efecto te puede durar toda la vida.
Lo ideal es encontrar una sustancia que sea adecuada a cada espíritu y, de ahí, no parar.
Yo hace tiempo andaba perdida en drogas que me colmaban pero no me viciaban: poesía, Murakami, narrativa uruguaya. Conseguía éxtasis momentáneos, orgasmos visuales y mentales memorables, pero no salía corriendo a la boca más cercana a conseguir otra dosis. Hasta que algo cambió. Una noche, en la casa de Sebastián Pedrozo y Victoria Estol, junto a Camilo Baráibar, casa que abandonarían la mañana siguiente, mientras tomábamos un té místico a ella se le ocurre la revelación: ¿leíste a tales? No, le dije yo con ingenuidad. Y el nombre, junto con otros, se me borró.
A los pocos días quise recordarlos, aunque sea uno de ellos, pero no pude y le escribí. Le pedí a Victoria que me pasara el nombre de las tres autoras que ella había promocionado, con bastante énfasis, para investigar.
Puse en Google y en MercadoLibre los tres nombres. Fui leyendo títulos y reseñas -realmente estaba necesitando de una buena dosis de una droga muy potente- y me incliné, sin saber muy bien por qué, por una de ellas: Amélie Nothomb.
Como con los libros pierdo los estribos y, además, Victoria me merece una valoración importante como lectora y escritora, me compré tres libros: Ordeno y mando, Diario de Golondrina y Biografía del hambre.
Para elegir libros suelo leer la primera oración, y lo hice con los tres, que los terminé en menos de dos semanas, y podría haber sido menos, pero como sabía que me quedaría sin la sustancia, prolongué la lectura todo lo que pude, aunque era imparable.
En el medio, puse otros libros que tenía pendientes para leer. Me fue imposible. Mi cuerpo me pedía Nothomb Nothomb Nothom.
Así que, para saciar mi hambre, una tarde cualquiera, pasé acompañada de Gabriel Sosa por una librería -previamente ya le había informado de mi nueva adicción y le había recomendado esa droga- y tuve una Epifanía: un libro de Nothomb que no mencionaban en ninguna de las contratapas, un libro raro de mi autora. Estaba dispuesta a pagar cualquier precio por él, aunque me quedara sin plata hasta fin de mes. Lo compré. Lo leí. Me duró solo una noche. Las catilinarias.
El vacío que me producía no tener ningún libro para leer de ella era incontenible. En noches de insomnio leía otras cosas pero nada me calmaba. Nada llenaba ese vacío. Mi mente me decía: buscá otro libro; mi cuerpo me pedía que le suministrara Nothomb para poder pensar, comer, vivir, respirar.
Y así, en ese estado total de abstinencia fue a una librería grande, busqué todos los que había de ella, los fui apilando en mis manos, oliéndolos, leyendo la primera oración de cada libro, poniéndolos en un orden arbitrario de lectura, llegué a mi casa, los puse uno a uno, como en un ritual, sobre la mesa de luz. Ayer empecé Antichrista, hoy, a las una de la tarde lo terminé.