7 abr 2012
dorsum
I
me falta un poema
me falta el poema que te nombre
no lo puedo escribir
no te puedo decir
no encuentro las palabras
no recuerdo tu nombre
ni el mío
me falta un poema que no quiero escribir
II
Camino hasta el hotel en el que una vez me dejaste. Tiene los vidrios rotos y las paredes descascaradas. Ya no queda nada alrededor. Solo un auto.
Decido entrar. Habitación 303.
La cama está sin hacer. Las lámparas caídas. La luz del baño encendida.
Una toalla y ropa interior, sucia, en el suelo.
Me acerco. La toco. Aún conserva la humedad.
Recuerdo tus manos secándome y tu mirada diciéndome que va a ser la última vez.
III
De noche creo escucharte decir algo sobre amor y soledad. Me envuelvo en las sábanas blancas y huyo. Corro por calles sucias y mal iluminadas.
Encuentro, acostado, a un vagabundo. Sucio. Oloroso.
Grito tu nombre tres veces. Me acuesto a su lado; lo abrazo; le hago el amor. Comienzo a cantar aquella canción de cuna que susurrabas, cuando te fuiste.
IV
Ayer estuve con otro hombre. Tenía tu mismo pelo. Me miraba con los mismos ojos que vos me mirás. Me besó con tus labios. Toqué tu piel en el cuerpo de aquel otro hombre.
No pude estar contigo.
No pude besarlo a él.
V
Me voy porque quise irme
porque no soporté más
porque me perdí
porque te perdí
porque me soltaste
porque mordí la cadena que me ataba hasta despedazarme los dientes
porque la comida del vecino es mejor
porque el vecino huele mejor
porque tus caricias ya me dejan heridas
porque dejaste el portón mal cerrado
y me escapé.
5 abr 2012
A la Gata muerta
El día de mi cumpleaños amaneció muerta.
Yo también soy gato.
Si no es un presagio,
me cago en la muerte
y en las casualidades.
Ese día también la enterramos.
Y como cuando nací,
la lluvia se encargó de limpiar las cagadas.
De los médicos y veterinarios.
Yo también soy gato.
Si no es un presagio,
me cago en la muerte
y en las casualidades.
Ese día también la enterramos.
Y como cuando nací,
la lluvia se encargó de limpiar las cagadas.
De los médicos y veterinarios.
2 abr 2012
La insoportable levedad de cumplir años
Si recorremos la literatura consagrada y la entrañable sabiduría popular, nos vamos a enfrentar a incontables metáforas que refieren a todo lo que uno pierde mientras avanza el irrefrenable tiempo. Quevedo dice "vencida de la edad sentí mi espada". Virgilio, conocedor de los tópicos, ya sentenciaba Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus,singula dum capti circumvectamur amore. También está dicho: "en la mocedad todo es flores; en la vejez, dolores". Guillén, que supo como muchos españoles cantarle al tiempo, comienza un poema diciendo: "Pasa el tiempo y suspiro porque paso,/aunque yo quede en mí, que sabe y cuenta,/y no con el reloj, su marcha lenta/nunca es la mía bajo el cielo raso".
Juglares contemporáneos advierten sobre desperdiciar el tiempo y correr detrás de él sin alcanzarlo: And then one day you find ten years have got behind you/ no one told you when to run, you missed the starting gun.
Pero luego de leer el poema de Silvina Ocampo, me pregunto, ¿cómo haré de aquí en adelante para sonreír en la foto de soplada de velitas?
Envejecer también es cruzar un mar de humillaciones cada día;
es mirar a la víctima de lejos, con una perspectiva
que en lugar de disminuir los detalles los agranda.
Envejecer es no poder olvidar lo que se olvida.
Envejecer transforma a una víctima en victimario.
Siempre pensé que las edades son todas crueles,
y que se compensan o tendrían que compensarse
las unas con las otras. ¿De qué me sirvió pensar de este modo?
Espero una revelación. ¿Por qué será que un árbol
embellece envejeciendo? Y un hombre espera redimirse
sólo con los despojos de la juventud.
Nunca pensé que envejecer fuera el más arduo de los ejercicios,
una suerte de acrobacia que es un peligro para el corazón.
Todo disfraz repugna al que lo lleva. La vejez
es un disfraz con aditamentos inútiles.
Si los viejos parecen disfrazados, los niños también.
Esas edades carecen de naturalidad. Nadie acepta
ser viejo porque nadie sabe serlo,
como un árbol o como una piedra preciosa.
Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas.
No quería ser joven, porque perdía el tiempo en amar solamente.
Ahora pierdo más tiempo que nunca en amar,
porque todo lo que hago lo hago doblemente.
El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece
que lo que quedó atrás tiene más realidad
para reducir el presente a un interesante precipicio.
es mirar a la víctima de lejos, con una perspectiva
que en lugar de disminuir los detalles los agranda.
Envejecer es no poder olvidar lo que se olvida.
Envejecer transforma a una víctima en victimario.
Siempre pensé que las edades son todas crueles,
y que se compensan o tendrían que compensarse
las unas con las otras. ¿De qué me sirvió pensar de este modo?
Espero una revelación. ¿Por qué será que un árbol
embellece envejeciendo? Y un hombre espera redimirse
sólo con los despojos de la juventud.
Nunca pensé que envejecer fuera el más arduo de los ejercicios,
una suerte de acrobacia que es un peligro para el corazón.
Todo disfraz repugna al que lo lleva. La vejez
es un disfraz con aditamentos inútiles.
Si los viejos parecen disfrazados, los niños también.
Esas edades carecen de naturalidad. Nadie acepta
ser viejo porque nadie sabe serlo,
como un árbol o como una piedra preciosa.
Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas.
No quería ser joven, porque perdía el tiempo en amar solamente.
Ahora pierdo más tiempo que nunca en amar,
porque todo lo que hago lo hago doblemente.
El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece
que lo que quedó atrás tiene más realidad
para reducir el presente a un interesante precipicio.
Es cierto que podría encontrar poemas y refranes sobre "envejecer feliz" o "envejecimiento saludable". Y la experiencia y la felicidad y el vino que se pone mejor o como dice el refrán alemán "Los árboles más viejos dan los frutos más dulces" o la pelotudez de Cicerón (con el respeto que me merecen los clásicos): "No puede haber cosa más alegre y feliz que la vejez pertrechada con los estudios y experiencias de la juventud".
Nadie se cree eso.
De todas maneras, como persona vulgar que soy, este miércoles voy a esperar las más sinceras felicitaciones por mi acercamiento progresivo hacia la muerte. Y voy a seguir acumulando objetos, fama, y todo aquello que Manrique enumeró muy bien, para hacernos sentir como la mierda cuando lleguemos "al mar que es el morir" (por si no quedaba clara la metáfora de los ríos).
Y también voy a festejar ser más vieja, más arrugada, más fea, porque ya lo dijo el gran poeta popular argentino Alejandro Lerner que se ve que ya tenía una novia bastante feuchona: "Cuando la belleza pase/será bella tu mirada/será bella tu sonrisa/y las noches serán claras (...) cada beso y cada abrazo/será un grito de belleza/serás bella en mi conciencia (...) serás bella por dentro/bella en el alma/y en el fondo de mi corazón". Es decir, por fin voy a ser buena persona.
Tal parece que el problema en todo esto viene a ser la muerte. Pero eso no nos ha privado de mandarnos terribles fiestas de cumpleaños, principalmente en esta sociedad fiestera en donde se festeja con pompa el primer año de vida por ser el primero, los cinco porque es un lindo número, los diez porque es un año redondo, los quince porque ya nadie sabe por qué pero es tradición y viene bien para chupar salvo-que-la-guacha-de-mierda-me-pida-el-viaje-o-las-tetas, los dieciocho porque somos adultos, los veinticinco porque estamos en la mitad de algo y además es un buen número, en mi caso ahora voy a festejar los veintiséis porque se me da la gana, los treinta porque somos "adultos" de verdad, los cuarenta porque somos unos viejos de mierda que no nos creemos tan viejos, los cincuenta porque "son cincuenta añitos que no se cumplen todos los días" y porque ya empezás a agradecer a cumplir tanto años, y de ahí no parás porque cada año puede ser el último, aunque ahora con la esperanza de vida este festejo se tendría que pasar para los setenta. Hasta que festejamos el cumple 100 de la abuela, porque ese "sí que merece festejo".
En definitiva, no terminamos de darnos cuenta como dice Fernando de Rojas, que "nadie es tan viejo que no pueda vivir un año más, ni tan mozo que hoy no pudiese morir".
Así que, ¡feliz cumpleaños a mí!
Salú!
***
21 mar 2012
Final que se quedó sin fin
Elegí
mirarme en el espejo y odiarme. No sé si lo elegí o simplemente me
pasó. Me escondí en los rincones más sucios de la casa. Dejé que todos
los gatos de la cuadra se acostaran en mi cama. Y no lo pude leer. No lo
pude encontrar en mis manos. Y ahora la cama tiene las sábanas blancas
del hospital. Y un gato maúlla. Me quiere decir algo pero ya no lo
entiendo. Y me lame las venas de las piernas a
punto de explotar. Y otro espera en la mesa para que coma toda la
familia junta. Cada uno tiene su plato y yo también tengo el mío. El
mantel de guata con flores rojas y amarillas. Mi madre me decía que se
limpian fácil aunque sean feos. A mí no se me ensucia, porque todos
aprendimos los modales para sentarnos en la mesa. Mi madre no podría
entrar a esta casa. Es alérgica a los gatos y a la mugre. Recién ahora
entiendo la felicidad de mi madre al morir joven. Al tener una hija que
la entierre. Al llevarse la belleza a la tumba. Y ese día llovió fuerte y
la tierra olía bien. No era tierra de muertos. Y llevé albahaca y
perejil. Cuando todos se fueron lo planté porque la tierra estaba
húmeda. Y mis dedos se hundían casi hasta tocar su carne. Y apreté las
raíces. Y nunca más se me fue el color negro de las uñas con el que me
voy a morir.
10 mar 2012
¿Qué hacer con una hora más de vida?
Ya
sabemos que es una convención y una mentira. Que si todos manejáramos
el tiempo con la arbitrariedad de los expertos de la UTE y de los que
armaron los calendarios, todo sería un caos; o al menos eso creemos que
sería o lo hemos creído toda la vida.
El
código horario mundial logra desconcertar a cualquiera. Ocurren
fenómenos como salir de Montevideo 21:45 hs. y llegar a Buenos Aires
21:30 hs.
O
que en el medio de un vuelo de avión, al pasar determinada frontera
espacial, si tu reloj marca las 12:00 hs., debes darle la orden de que
sean las 15:00 hs. y sin posibilidad de protestar. Y qué pasa si un día
se me agremian las agujas y deciden hacer paro y me quedo sin hora. El
tiempo no me va a esperar. No me va a decir Tranquila, yo te aguanto a que resuelvas el conflicto; voy a llegar con horas, minutos de atraso respecto a los demás. Y a nadie le gusta perder el tiempo.
Tampoco
me gusta asociar directamente el tiempo al envejecimiento. Cuando
agregan una hora la gente dice con una sombra de pesimismo: Somos una hora más viejos; y automáticamente cuando te piden que meuvas la aguja del minutero 60 minutos para atrás, celebran Qué bueno, somos más jóvenes.
Lo que es una mentira. En todo caso se rejuvenece, se recupera aquello
que se perdió, pero de ningún modo somos más jóvenes. Sino el sistema
migratorio se basaría en el cálculo de la diferencia horaria: Me voy a ir a tal país porque me gano tres horas de vida; ¡Cuidado! A tal otro país no vayas, porque desde acá envejecés 4 horas, es una locura!
Y
así iríamos ganando o perdiendo horas según el viaje que hagamos.
Lamentable situación para aquellos que no viajamos frecuentemente, y
seguramente no solo no vamos a ganar o a perder tiempo, tampoco espacio.
Porque muchas veces el espacio se calcula en segundo, minutos, horas,
días. Por ejemplo, hay quienes dice que recorrer el Uruguay entero te
lleva cerca de 6 o 7 horas, a marcha constante. Pero Argentina se
calcula en semanas o tiempo de embarazo que, a los efectos, es lo mismo;
incluso algunos más exagerados y descreídos con la capacidad que puede
llegar a tener una especie del ser humano al volante, se aventuran a
calcularlo en meses.
Recuerdo a una persona muy superticiosa que creía sentir que el reloj
le hablaba. No sabía reproducir más que la onomatopeya características
de los relojes antiguos (a saber: Tica-tac, Tic-tac y así sucesivamente
marcando todos los segundo que desee) aunque usara uno digital. Otros, más ancianos, dicen que calculaban las horas con sus latidos del corazón. Con razón Alfredo andaba descompaginado y distrído luego de la operación, se decían con sorna, intriga y admiración por el descubrimiento.
Para
saber cómo los más chicos intentan controlar el tiempo basta con darse
una vuelta por una playa. Allí verá cientos de palos de diferentes
tamaños, grosores, longitudes y maderas clavados en la arena, marcando
el inexorable paso del tiempo. Supongo que esto se deberá a algún método
empleado por las maestras que, generalmente, no tienen dinero para
comprarse un reloj y, más aun, las pilas: Todas las respuestas las da la madre tierra,
le dicen a sus alumnos, y a mí también me lo dijeron, porque hace poco
encontré una foto mía en la playa, con 8 años más o menos (es decir, que
ya estaba viviendo mi año 9 estrictamente) para orgullosamente frente a
mi reloj de palo y arena.
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